
Hace unos días tuvimos ocasión en Toulouse de asistir a unas
nuevas jornadas organizadas por el
CTDEE, el Centre Toulousain de Documentationsur l’Exil Espagnol. Son estas jornadas una presentación de libros que tienen
el exilio español como protagonista, así se trate de ficción como de ensayo. En
la parte a la que pude asistir
Serge Mestre, que es escritor y ha sido además
traductor de Jorge Semprún, nos presentó Les plages du silence, un relato donde
se narra la salida en masa de Barcelona, la llegada a Francia a comienzos de
1939, los internamientos en campos como el de Argeles. Debía también haber
participado
Víctor del Árbol, para presentar
Un millón de gotas, traducido en
francés como
Toutes les vagues de l’Òcean. Gracias a la siempre amable Placer,
del CTDEE, hemos podido saber que Víctor del Árbol ha pasado un tiempo
entrevistando a algunos supervivientes del exilio, con cuyos relatos ha
construido este Un millón de gotas. Él no estuvo físicamente pero Placer pudo
leer esta carta que envió para estas jornadas, carta que reproduzco por
gentileza de Placer, para quien va nuestro agradecimiento.
El
escritor y el compromiso.
Queridos
amigos y amigas,
Como
ya sabéis, por razones de fuerza mayor me es imposible compartir con vosotros
esta jornada. Me hacía especial ilusión repetir la experiencia y la vivencia
que tuve el privilegio de disfrutar a vuestro lado durante mi estancia en
Gaillac. Máxime ahora, cuando está a punto de salir publicado en Francia mi
último libro, Un millón de gotas (Toutes les vagues de l’Òcean), que se alumbró
en buena parte gracias a vuestros testimonios, y por el que os debo mucho.
Nada
me hubiera hecho más ilusión que presentaros la vivencia de Elías Gil en mayo
del 37 en Barcelona como chekista, su periplo por la Unión Soviética
estalinista, su evolución en la clandestinidad y el tardo franquismo. Debatir
con vosotros y con mi queridísimo amigo Alfons Cervera sobre la construcción de
la memoria, sobre la pérdida de la Utopia, sobre la invención de tantos mitos
que ha dado nuestra Guerra Civil y que –dramáticamente –perduran en un
imaginario que cambia el contexto pero que se sigue retrotrayendo al pasado. En
cualquier caso, la salud impone sus tiempos y a nosotros no nos queda otra
opción que aceptarlo. Pero sé que llegará el momento de volver a vernos y a
escucharos.
Hoy, el sueño de una Europa de los ciudadanos,
de la Cultura y del ideal humanista parece más alejado que nunca. La
corrupción, la crisis económica y de valores minan la capacidad de resistir de
las clases obreras y medias, la democracia está en absoluto descrédito, se
alimentan el fantasma de los populismos y los nacionalismos, vuelve el discurso
de nosotros sin los otros que tanto daño nos hizo antes, y surgen aquellos
líderes lerrouxistas construidos en las recámaras del Poder. Y sin embargo, y
precisamente por ello, me parecen de una
vigencia necesaria este tipo de encuentros para que las ideas y la palabra no
sucumban ante tanto ruido espurio.
Es
conocida la frase de Erasmo de Rotterdam cuando presenció los autos de fe donde
se quemaron los libros de Lutero: “quien hoy quema los libros, mañana hará arder
a las personas” Quizá ya no volvamos a ver esos aquelarres nazis donde ardían
en piras las palabras y las ideas de Sweig y de tantos, ni veamos arrojados por
las ventanas del Palacio de la Moneda en Chile la biblioteca de Allende. Tal
vez ya no veamos un códice calixtino que prohíba ciertas lecturas, ni un censor
gris en un despacho de Madrid poniendo y quitando escenas de una obra de
teatro. No, el Poder, como la resistencia, también evoluciona, se hace sutil.
Ya no se necesitan los gestos evidentes de violencia o de represión. Basta con
discursos legislativos, con la violencia de los mercados, con la amenaza del
paro y la precariedad laboral. Es mejor alimentar la xenofobia, el miedo al
otro, enemigos lejanos a los que llamar terroristas. ¡Tan cerca y tan lejos del
libro de Orwell!
Efectivamente,
ya no se queman libros. Al contrario, se publican a cientos, a miles, se
fomenta una literatura de consumo, fast-food que lejos de ser una exploración
se limita a la mera explicación, se impone el pensamiento irreflexivo, rápido,
twitero, y se exige una rápida toma de posicionamiento. Todo el mundo necesita
posicionarse ante cualquier situación o se le tacha de mediocre y tibio. Hoy se
lee más, podríamos decir (aunque sea falso), la escolarización en el mundo desarrollado
alcanza números insospechados, la oferta informativa es abrumadora: y lo cierto
es que se lee en realidad menos y sabemos mucho menos que antes, nuestros
estudiantes reciben formación positivista y utilitaria en el mejor de los
casos. Desvirtuar el pensamiento, por saturación, alimentar ideólogos que no
van más allá del slogan ingenioso, hacer tanto ruido que no quede espacio para
la discusión, la reflexión y la pausa. Esa es la manera de destruir la Cultura
sin que huela a ceniza: vulgarizarla y vaciarla de contenido. Construir nuevos
referentes.
Ante
este panorama, me pregunto cuál es el papel del escritor comprometido.
¿Comprometido con qué? ¿Con su tiempo, con su escritura, con los otros o
consigo mismo? ¿Y en qué consiste ese compromiso? Sobre estas cuestiones me
hubiese gustado poder discutir con vosotros y con los ponentes.
Hay
una frase de Mayakowsky que me gusta mucho (y no significa que esté de
acuerdo): el arte no es un espejo de la realidad. Es un martillo para
sacudirla. Me pregunto si no está ahí la clave del compromiso. Si acaso el
autor adquiere su compromiso con la idea que expresa en sus libros, lo quiera
él o no, puesto que cuando uno dice o escribe algo, de algún modo ya se está
posicionando. Me doy cuenta pues de que mi compromiso está en mi literatura, en
la forma estética en que escribo, pero también en el fondo, en los temas que
elijo y en el modo de tratarlos.
Mi
compromiso es por tanto, conmigo mismo, y desde ahí ir hacia los otros,
reclamar la lentitud como forma de reflexión, la estética como un modo de
transcribir valores que creo importantes, escapar de la demagogia sin caer en
el relativismo, y en definitiva, como decía Albert Camus: no ser rebelde (pues
el rebelde solo lucha por sí mismo y su ahora) sino ser revolucionario (pues el
revolucionario no pretende escapar de una situación sino revertir las causas de
su injusticia)
No
deja de sorprenderme, por ejemplo, que en este último libro mío, la inmensa
mayoría de lectores centren su punto de interés en la primera parte –la que
habla del periplo del personaje en el gulag soviético –mientras que, lectores y
críticos, pasan de puntillas sobre la parte central –las purgas y la revolución
del 37, los campos de concentración en el sur de Francia, con sus guerras
intestinas, el papel mitificado de la resistencia española contra Petain.
¿Saturación, necesidad de pasar página o mera incompetencia por mi causa? No lo
sé. Lo cierto es que miramos las noticias y nos escandalizamos viendo a los
africanos colgados literalmente en nuestras fronteras del sur, pero olvidamos,
o no queremos recordar, esas fotografías de Kapa, invocando un supuesto pacto
de concordia. No queremos ver aquella España en blanco y negro.
El
pasado, contra lo que se dice, no es invención. Lo es la memoria sesgada y partidista.
El pasado –y ese es mi compromiso – no es un ajuste de cuentas, sino una
admonición al presente para un futuro sin trabas.
Tal
vez sea cierto que la Utopía es aquello que buscamos sabiendo que jamás lo
alcanzaremos. Pero es lo que nos hace avanzar. De modo que, queridos amigos, no
nos queda más remedio que seguir soñando, leyendo, escribiendo y debatiendo.
Para pasar a la acción.
Una
acción cotidiana en la que –y tomo prestado a Alfons – nos traicionemos a
nosotros mismos lo menos posible.
Recibid
un fuerte abrazo.
Víctor
Y como es costumbre dejo un vídeo para ilustrar esta entrada. Que os guste.